PALABRAS A MIS LECTORES

ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES.

EN TAL CASO, PIDO QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE A TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.




lunes, 28 de noviembre de 2016

Arquitectura de un sueño. Tres viajes de Gulliver.

 Nota de la autora: La vida es sueño, dijo Calderón de la Barca. Y bien, hasta en sueños podemos ser esclavos de nosotros mismos o libres. ¿Habrá un mundo de caballos inteligentes?
(Rosa Marina González-Quevedo).



Por Astarté.
León, España.

Muchas veces, alucinando, sueño con una calle llena de edificios ¡tan altos! que amenazan con venirme encima como los gigantes de Brobdingnag[1]. Ésta es una calle cualquiera y, a la vez, símbolo del mundo. No hay personas que caminen por sus aceras, ni coches que circulen, ni nada. Sólo edificios muy altos y un pedazo de asfalto divisado desde arriba. Es muy enigmático este sueño: no ver a nadie representa no verme a mí misma. Al despertar busco las moles endrinas, los gigantes fabricados de concreto; es decir, los altos edificios entre los cuales no significo nada. Pero doy con las paredes de mi habitación. Entonces, sin alarmarme demasiado, llego a la conclusión de que he estado despierta, vagando horas enteras por mi mente, presa de un estado de sonambulismo especial. La arquitectura de este sueño es simple y apunta hacia el cielo (¿hacia mis delirios e ideales?)... No tengo posibilidad alguna de caminar hacia los lados, sino de moverme, únicamente, hacia arriba y hacia abajo. Un hilo de oxígeno me toca desde lo alto pasando a través de la columna horizontal que se abre entre las hileras de edificios. Y si a nadie veo es porque, tal vez, tenga que ver pasar un ángel y no me he dado cuenta.

Hay una segunda posibilidad de arquitectura, que es ésa de construir mi propio sueño. Porque los sueños se inventan cuando y como queremos, ¿no lo sabías? Así, cierro los ojos y en mi mente construyo una plaza; en su centro una fuente (en cada plaza hay una fuente por lo general). Y tanta gente. Gente que da vueltas y vueltas sin rumbo fijo. Personas, para colmo conglomeradas, que tropiezan entre sí. Sin dudas, un sitio que reconozco. Desde la altura puedo ver el enjambre de hormigas humanizadas girando en torno a mi gigantesca estatura;  un sueño del ego recreado en Lilipud[2]. Un sueño que también es símbolo del mundo. Creo que en él no cabe posibilidad alguna de que llegue un ángel para rescatarme. Este sueño es tan enigmático como el primero. Y lo peor de todo es que yo misma lo he inventado. Por tanto, es obra de mi voluntad.

Queda una tercera posibilidad: la de entrar al país de los Houyhnhnms[3] donde me esperan caballos inteligentes, los Yahoo. No soy gigante ni enana. Y me encuentro ante la disyuntiva de escoger por mí misma si ser grande o pequeña. Este sueño no es inventado. Tampoco resulta de ninguna fase alucinatoria de la mente. No hay fuentes, ni calles, ni gente en su sentido más amplio. Hay solamente espléndidos caballos inteligentes que caminan, libres, de un prado a otro. Abundan los colores y reina el verde. Si decido quedarme aquí, claro está, tendré que sacudir de mis hombros la contaminación adquirida durante el viaje. Y, en segundo lugar, tendré que aprender a pastar, a vivir entre caballos salvajes y a reconocer que, después de todo, en la vida todo es posible. Al menos, éste es un sueño feliz.





[1] Segundo viaje de Gulliver.
[2] Primer viaje de Gulliver.
[3] Tercer viaje de Gulliver.

martes, 25 de octubre de 2016

Manos rotas.


Manos ofreciendo, óleo de Anna Arderiu Gil (Alemania)

Por Astarté
León, España.


Con estas manos dibujé en tu cuerpo
aquel  país de extrañas lejanías,
y  un mar enamorado del silencio
con su misterio de asombradas islas.
(Alberto Cortés, Canción para mis manos)

Despertó y vio que sus manos estaban repletas de incomprensibles abismos, algunos profundos; otros, más superficiales. Y bien, mejor tenerlas rotas que vacías, pensó; sobre todo, porque en tal estado sus manos representaban la constancia de estar vivo aún. Y además, porque sabía muy bien que las pasiones, si son desenfrenadas, al igual que el viento, tarde o temprano terminan erosionando la piel y despedazando la carne (por no decir el alma). En fin, que en la habitación de aquel hotel permanecían él y sus aventuras dibujadas en sus manos, las cuales, quizás, estaban rotas de tanto usarlas (probablemente sí)... ¡Benditas las pasiones!... Virilidad, hambre saciada en cuerpos extraños. (A veces, también en cuerpos conocidos que luego llegaban a parecerles extraños). Y es que con esas manos  había dado la vuelta al mundo, robando ilusiones y amasando victorias que alimentaban su insatisfecho ego de varón dominante. Sin embargo, a pesar de tantas dudas, lo cierto era que sus manos, ésas que antes esculpieran caricias y desencadenaran vibraciones extremas no eran ya las mismas. Pues ahora, si bien entrelazadas y en reposo, estaban a punto de quebrarse cual esculturas de barro bajo la acción de un terremoto.
Claro, como hombre había navegado sin límites en el mar de la experiencia y ya nada podría resultarle inquietante. Por ello, a pesar de su sorpresa, no se inmutó en lo absoluto ante la incomprensión. (Todo lo absurdo es real, ¿no?) Porque, al final, nada había que entender: él estaba allí, y aunque transformadas, esas manos seguían siendo las suyas y no piezas de museo, ni nada por el estilo. Entonces, simplemente, se detuvo a observarlas, igual que haría un niño al descubrir un cuadro impresionista de Paul Wright entre sus juguetes más preciados. Y así, observándolas, inició una especie de estudio ¡tan minucioso! como el que podría realizar el mejor de los científicos. Para encontrar algo nuevo en ellas, algo que explicara el misterio de su quiebra.  
De esta forma, comenzó por analizar las características de cada hendidura, clasificándolas de acuerdo con parámetros como la longitud y la profundidad. Le importaba descubrir, ante todo, cuál de todas las incomprensibles grietas era la más peligrosa, por donde quizás había escapado una mayor cuota de felicidad. Y nada: las conclusiones no fueron demasiado alentadoras. Porque más allá de los datos visibles, descubrió la existencia de pozos sin fondo abiertos por la soledad y el despecho de un macho abandonado; esos que explicaban por qué, en los últimos años de su vida, había dejado huir el amor reteniendo sólo deseos erosivos.
Tenía, por tanto, que tomar alguna medida urgente. Necesitaba hacer alguna acción de salvamento antes de perder para siempre aquellas manos. Y pensó que, a pesar de estar rotas, éstas todavía podían permitirle producir y sacar a la luz sentimientos que, por vanidad, había mantenido ocultos en su pecho desde hacía mucho tiempo.
Y fue así que probó a escribir. A pesar del dolor que le provocaba sujetar la pluma entre sus dedos quebradizos, a pesar de la insoportable sensación provocada por las heridas y las llagas, probó a escribir de nuevo.
Y escribió un poema a la memoria.
Y luego, tomando el pincel, dibujó con sus manos rotas un enorme corazón.
Tal vez, desde un extraño país, ella estaría leyendo ésa, su última carta de amor. 

domingo, 2 de octubre de 2016

Vivir fuera buscando prestigio.

Por Astarté.
León, España.

Vivir fuera de las posibilidades reales y personales buscando prestigio; enlazo esta reflexión con el término MOVING OUT, que literalmente viene traducido como"mudarse" y que a mí me suena a "transformarse en otra cosa" o "mutar" o algo por el estilo; sabrá un buen experto en lengua inglesa dar en el clavo con la mejor traducción de este phrasal verb. 

Esta canción de Billy Joel, uno de sus mayores éxitos de finales de los setenta (1978) es una de mis favoritas. La misma hace referencia a todo lo que somos capaces de hacer en un momento dado por alcanzar un status materialmente "respetable" (el de clase media burguesa; a ello se refiere, específicamente, el autor) que nos garantice ser aceptados en un contexto confortable: Anthony se mata trabajando en una tienda de comestibles para ahorrar dinero y poder mudarse a las afueras (busca prestigio); el sargento O'Leary trabaja de noche como barman sólo por cambiar su Chevy por un Cadillac... ¿Fuera hoy de contexto? ¡Ni mucho menos! Cambiar la esencia en apariencia y vivir fuera de lo que realmente somos no está jamás fuera de lugar: tú, yo, todos y cualquiera hemos vivido fuera de lo que somos, evadiendo complejos, miedos, incompetencias, envidias, y todo el ramillete de piedras contenidas en el pesado saco del ego, mudando nuestra verdadera cara (llena de arrugas, manchas, ojeras, etc) por otra mucho más coqueta, con tal de ser reconocidos. Claro, a veces exageramos; es cuando, sobre-valorando nuestra obra (y siempre buscando prestigio), nos creemos supergeniales e infalibles, al extremo de obviar el hecho de que nuestra obra es importante solamente porque existe la persona humana que somos todos, ninguno excluido.

sábado, 24 de septiembre de 2016

La urna (con nota de la autora).

Este relato tiene la intención de ser la reproducción de un viaje a través del subconsciente, por tanto, un relato surrealista. Me resulta muy difícil describir los sueños y, al mismo tiempo, quedar ligada a la realidad sin confundir lo que veo, toco y pienso con aquello que imagino. Y bien, os invito a cruzar el "ojo de la aguja" de la realidad física para caer de bruces en el mundo "imago"  (o de las imágenes literarias) con el fin de rescatar a  este personaje de las fauces del miedo. Lo merece.

Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).



Alicia en la urna, Eduardo Naranjo (1944, España)

La urna.

Por Astarté.
León, España.

El cielo estaba repleto de venas rojizas. Era uno de esos cielos extraños. Sin dudas, se avecinaba un temporal de los lindos y había llegado el momento de esconderse. En la plaza, la muchedumbre agitaba banderas de papel. Y tantas y tantas banderas impedían ver el fragmento de sol que persistía aún entre los nubarrones.
Empecé a subir la cuesta. Subía y cantaba cuando un hombre con gafas oscuras me cerró el paso. Era el teniente:

__¡Eh, tú! ¿Y dónde está tu bandera?
__La tenía en la mano hasta ahora, teniente... o en el cuello, no, no recuerdo muy bien__, murmuré.
__¡Lo siento, pero por aquí no pasas!
Una compuerta de vidrio se cerró a mis espaldas. Y de buenas a primeras y sin recibir los honores que se dan a los santos o a los muertos me vi empotrada en una rara especie de urna de cristal. Una nube de polvo se alzó en remolinos. Y a partir de ese instante, a través del vidrio pude percibir la imagen de un niño índigo (quizás un fantasma o un héroe lilipudsiano escapado de un cuento infantil) que llevaba un enorme papalote entre las manos, de esos llamados “cardenales”. Quise dar la vuelta a la redonda dentro de la urna, pero el círculo se había achicado hasta llegar a convertirse en una raya tan estrecha como el brazo del teniente.
Inmóvil como estaba logré, al menos, ponerme en cuclillas para esperar el fin de la jornada. La lluvia saltaría de las nubes y llegaría a mi mente para formar una tormenta de ideas, pensé. Y así, pasaron las horas. Y poco a poco comencé a sentir una fuerza sobre mi cabeza. Era el techo circular de la urna de cristal, el cual, en proceso de reducción, comenzaba a presionarme dulcemente el cráneo. Y digo dulcemente, sí. A veces, el peso del miedo nos sabe a miel.

***
El antiguo palacete, semidestruido y convertido en consultorio médico, había sido la lujosa mansión de un antiguo pariente. Sin embargo, a pesar de su derruido aspecto, el tiempo había dejado en pie huellas de la opulencia que dominara, otrora, en su interior. Así, bajorrelieves de escenas mitológicas donde abundaban faunos, centauros y otras figuras daban al escuálido presente algunas pinceladas de leyenda con la gloria del pasado. Por ejemplo, en la pared del vestíbulo resaltaba, a primera vista, la protuberancia de una cabeza de Gorgona manchada por el moho y el hollín. Y en un oscuro y penoso rincón, un busto de Sócrates en mármol blanco, las cuencas de sus ojos vacías, en su base se leía la siguiente inscripción: Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo descuides (últimas palabras del filósofo, según Platón.  Vamos a creerle).
Tragué en seco y subí la escalera acelerando el paso hasta mi destino. En la segunda planta me esperaba un corredor estrecho y varias consultas que se amalgamaban a razón de pocos metros: PEDIATRÍA – PSICOLOGÍA – GERIATRÍA, una verdadera confusión.  La consulta del psicólogo, la última de todas, puerta “X-Y”.
Con paciencia de anacoreta encontré un hueco en el banco de espera. Me senté entre una anciana que mascullaba un cabo de tabaco y una joven madre con su bebé cagaleriento en brazos:
__¿Me haces el favor de aguantarle las piernitas? Es que tengo que cambiarle el pañal.
El pequeño daba coces de cabrito sin control. La vieja lo miraba y seguía mascullando el cabo de tabaco. Un hombrecito bajo y flaco vestido de blanco asomó la cabeza por la puerta “X-Y”:
__¡Que pase el próximo!

 La sensación del encierro no me abandonaba desde que el teniente me confundiera con uno de los abanderados, metiéndome en una especie de urna de cristal. En fin, que tras varias preguntas de rutina, la sesión de acupuntura no se hizo esperar.  El psicólogo, poseído por un cierto aire orientalista aprendido en algún seminario técnico,  me clavaba agujas detrás de las orejas y en la nuca.  Al parecer, era todo cuestión de tacto. O de energía. O de estrategias para calmar el hambre que quemaba mi estómago. Por otra parte, a través de la ventana de vidrio de la consulta “X-Y”, mientras el psicólogo me convertía en alfiletero, veía pasar a hombres y mujeres con muchas banderas en grupos de tres o cuatro. Y luego, otro grupo más numeroso... y otro... y otro. Y en la muchedumbre, como espectro, vi también pasar al chico índigo con el cardenal en la mano. El cielo era violeta con venas rojizas. Un hombre con sonrisa cínica se acercó. Me aguijoneó en la nuca y detrás de las orejas y me preguntó la hora. Era el teniente. Sus gafas oscuras escondían las cuencas vacías de sus ojos.

martes, 13 de septiembre de 2016

Breve historia a pie.



Por Astarté.
León, España.

Según el mapa, la calle termina en la próxima curva. Dejo entonces las suposiciones y cierro el coche de las circunstancias para continuar a pie. Así, sigo andando en línea recta. Llevo más de dos horas machacando adoquines con la voluntad de alcanzar esa próxima curva que no llega. Y bien, probablemente y por razones ajenas a mi voluntad, alguien ha cambiado el camino. Al menos, esto es cierto.

domingo, 29 de mayo de 2016

CONFESIONES DE ALGUIEN QUE VIVIÓ EN LA TIERRA.



Por Astarté.
León, España.

Hace mucho tiempo atrás viví en un lugar donde la gente es igual en todas partes y la verdad no existe. Tendría siete años cuando descubrí que los niños no llegaban de París, ni que los traía una cigüeña. Y lo descubrí casualmente, gracias a un libro de sexología subyacente en un viejo estante, escondido en  aquel rincón de mi hogar paterno. No podía entonces imaginar que mi  curiosidad infantil, ávida de un sustrato fértil para germinar, pero en controversia con la cara pervertida del moralismo adulto, me hiciera merecedor de un par de bofetones por tal descubrimiento.  Así, por primera vez y en aquella vida que ya quedó atrás, supe que el conocimiento se conquista a golpes de injusticia y sin piedad.

No voy a relatar el sinfín de incertidumbres que trillaron mi camino. Desde aquí, donde ahora me encuentro, siento que del otro lado las cosas siguen, más o menos, como siempre. Mi memoria, sin embargo, se prolonga. Y mis sentidos se alargan como un bucle elástico para ver, por ejemplo, destellos de luz artificial e imaginar medallas (de ésas otorgadas al valor o a la inteligencia) como chispas de luz que se encienden y apagan.  Medallas, eso es. Y siento el peso de la plastilina que termina en monumentos. (Como siempre, todos siguen queriendo monumentos y medallas). Creo también oler el humo de asadores y escuchar, balando, manadas de corderos que se dispersan en varias direcciones. Veo y siento demasiado. Y confieso que,  aunque perdí desde hace tiempo la condición humana, no pretendo (pretender ya no es mi juego) regresar a la Tierra.

Ahora estoy aquí, del otro lado, a veces de pie, a veces cabeza abajo para no olvidar que allí, en aquel lugar remoto, hay armonía (aunque no se sepa). No miento. A decir verdad, ya de nada me sirve eso de mentir. Y como no miento, confieso que, de vez en cuando, juego a perseguir a muchos de aquellos que un día conocí. Pero luego me arrepiento. Mi forma de morir nada tiene que ver con mi instinto de venganza.  Y la venganza es, al fin y al cabo, un sueño sin amanecer. Uno de tantos. Y yo estoy muy cerca de dejar atrás y para siempre las claves del absurdo. Ni en el peor de los casos  pondría manchas en mi actual expediente. Porque, ante todo, no sé cuánto espacio debo andar aún, y las medallas que gané con la razón de los comunes mortales me pesan todavía. Eso sí, no las tiraré a la nada por aquello de no olvidar lo vivido. Como dije anteriormente, tenía siete años cuando descubrí que el conocimiento se conquista a golpes de injusticia y sin piedad. Pero con amor.