PALABRAS A MIS LECTORES

ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES.

EN TAL CASO, PIDO QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE A TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.




martes, 16 de abril de 2013

PARALELISMO.




Por Astarté.
León, España.

           Armada de toda su paciencia fisiológica salió a la calle. Era un día de abril del año tal, no llovía. En los jardines de la ciudad atinaban a ser imaginarios los colores a la luz del sol. Estaba cansada; es más, agobiada de tanta espera. Pero su paciencia era enorme, sólo comparable con la que tienen las mujeres grávidas al octavo mes y medio de gestación. Y aunque, en este caso, no esperaba un hijo, era como si lo hiciese. Se palpaba el vientre y sonreía. Los autobuses paseaban por las avenidas. Y ella miraba el ir y venir de la gente como si fuera el mar. Olas ligeras cargadas de espuma  a veces crecían y saltaban a la orilla.

Armado de toda su química fisiológica salió a la calle. Era un día de abril del año tal, no llovía. En los bares de la ciudad atinaban a ser audaces las copas a la luz del vino. Estaba cansado; es más, agobiado de tanta espera. Pero su química era feroz, sólo comparable con la que tienen los hombres solitarios al octavo mes y medio de quedarse viudos. Y aunque, en este caso, no había enviudado, era como si lo hubiese. Se palpaba la frente y  sudaba. Los coches corrían por las avenidas. Y él miraba el ir y venir de ciclistas como si fuera el cielo. Nubes oscuras cargadas de lluvia a veces pasaban y seguían su rumbo.

Armados de toda la lucidez posible e imposible salieron a su primer encuentro. Era un día de abril del año tal, no llovía. En los bancos de aquel parque atinaban a ser mágicos los compases de la calma. Estaban cansados; es más, agobiados de tanta distancia. Pero su lucidez era infinita, solamente comparable con la capacidad del universo. Y aunque, en este caso, no eran ángeles, era como si lo fuesen. Se palparon los rostros y se reconocieron. Los gorriones revoloteaban por entre las ramas de los álamos. Y ellos, dichosos, miraron el reloj de la plaza vecina como si fuera el punto de partida. Y entre olas y nubes, entre el mar y el cielo vivieron el último instante de sus vidas pasadas cuando, al compás del tiempo, cruzaron el puente.