PALABRAS A MIS LECTORES

ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES.

EN TAL CASO, PIDO QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE A TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.




domingo, 13 de abril de 2014

Filosofando: Quien nos "enseñó" a "pensar".


Por Astarté.
León, España.


...Cuando se muere en brazos de la Patria agradecida
La muerte acaba, la prisión se rompe,
¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!...[1]

Una generación; tal vez dos generaciones o más de cubanos recordarán estos versos de José Martí usados como “lema”. Yo, en especial, los rememoro y me vuelvo a ver adolescente, de pie, junto a la mesa de un aula de secundaria básica, cacareando estas bellas frases cada día antes de iniciar la primera hora de lección. Confirmando eso que llaman “espíritu patriótico” a través de la reiteración verbal y colectiva (por supuesto, colectiva) de estos versos o de otros. Versos o frases de algún poema de autor “comprometido” con la causa política, de algún discurso, etc. usados, retóricamente, siguiendo el modelo del three part list de los oradores políticos[2]. Y en el caso de José Martí, “autor intelectual” del asalto al cuartel Moncada, “apóstol” de Cuba... Bueno, en su caso, uno de nuestros más grandes poetas, excelente periodista y gran escritor, maestro, hombre honesto de exquisita sensibilidad. Pues bien: “había” que impregnar la atmósfera nacional de romanticismo para entrarle con fuerza a la imprescindible sensación de que por eso que llaman “Patria” habría que darlo todo, la vida si era preciso. Así, la idea de muerte devenía obsesión en nuestras cabezas instruidas, porque: Morir por la Patria es vivir (de nuestro Himno Nacional[3]). Y Patria y Revolución quedaban como términos poéticamente preestablecidos a través de un símil puntual e inigualable. En fin, que aprendimos a morir antes que renunciar al sacrifico que nuestros dirigentes políticos pedían como ofrenda a la condición de haber nacido en un suelo así  patriótico.

No sé aún quién nos “enseñó” a “pensar” y de qué forma. La matrix, universalmente controlada por “la mano poderosa”, tiene muchas variantes e hilos conductores pre-construidos a fin de manipular nuestras mentes. Recuerdo, por ejemplo, aquella tarde en la que una compañera de escuela, amiga personal, recibía la cruel noticia de la muerte de su hermano en Angola. Lloraba y, al mismo tiempo, se sentía orgullosa de ser la hermana de un mártir de la Patria (eran tiempos aquellos de ferviente internacionalismo, en el que teníamos más de una Patria...). Y bien, algo me hace pensar que el orgullo y la muerte nada diferencian a un suicida kamikase de un patriota aguerrido porque son, en términos prácticos, una y la misma cosa. Hay una carga de fanatismo religioso en ambos casos. Y nosotros éramos todos cofrades y soldados de una guerra jamás declarada pero siempre efectiva. Así, no sólo morían hombres y mujeres en el anonimato: También la ciudad empezó a morir sin darnos cuenta. 

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Fotografía de una cubana salida de su casa en La Habana Vieja.

Y empezó a morir, lentamente, nuestra idea del deber familiar, derrumbada por las armas del deber patrio. Y para sobrevivir, construimos en la destrucción de la ciudad y del porvenir túneles subterráneos donde guarecernos, como hormigas, en medio de una tormenta que vendría del Norte revuelto y brutal, cataclismo anunciado a diario (anuncio perenne que devanaba nuestras mentes).  Teníamos, pues, que educarnos para sobrevivir ante las dificultades de una revolución que, según las primeras consignas, había nacido sólo para que viviésemos mejor... ¡Cuánta historia!... Y luego, cuántas muertes en el canal de La Florida de aquellos que, intentando superar el vicio de morir por la Patria, preferían encontrar la muerte entre los colmillos de los tiburones porque había que escoger: o ¡Socialismo o Muerte! o ¡Libertad o Muerte! para no morir. Insuperable contraste del arte surrealista: el martirio anunciado de los nuevos santos anónimos, nacidos en la matrix de la "Isla de la Siguaraya", donde la gente ríe, baila y vive más por instinto que por dicha. Pero eso sí: todos educados a pensar a la grande. Con un nivel intelectual envidiable.

Y aquí va la fábula que concluye este drama de una muerte anunciada: Había una vez un país de hormigas, las cuales, llegadas aquellas fechas históricas y conmemorativas, se conglomeraban bajo el sol gritando (eran hormigas que aprendieron a gritar) consignas. En fin, eran hormigas oradoras y guerreras. 

Aprendieron a almacenar sueños y a guisar hojas de plátano para sustituir la carne vedada por la ira del bloqueo (y muy nociva, por cierto). Aprendieron a creer que la muerte era posible en cuestión de horas, quizás de segundos. Aprendieron a formarse en escuadras y a estar listas para la invasión que sobrevendría en cualquier momento. Aprendieron, además, a combatir y a morir por “causas justas” aun fuera de sus límites territoriales. Eran, en fin,  hormigas románticas. Hasta que un día llegó la tormenta: un viejo muro fue derribado por su propio peso. Y las hormigas se vieron en medio de un remolino, con sus cargas a cuesta y sus sueños invadidos. Entonces, llegó la guerra. No la de los monstruos del Norte revuelto y brutal, sino aquella de la vida real, gobernada por las manos manipuladoras de grandes compañías y poderosos bancos mundiales. Y fue éste el momento en el que las hormigas, que habían sido “educadas” a pensar en los conglomerados, comenzaron a disiparse para inventar, con lo que tuviesen a mano, hormigueros lo más parecido posible a aquellos del otro mundo, el de las serpientes. (¡Quién diría que Sueño con serpientes[4] funcionaría como fatal profecía en el Paraíso de la aguerridas hormiguchas!)... Bueno, jaranita aparte, la verdad es que las hormigas, así, sin saber cómo, sin necesidad de versos y lemas, llegaron a la conclusión de que la muerte no era alternativa a la lucha por la vida. Y entre paréntesis, como hormiga otrora (¿y aún?) perteneciente a aquel romántico conglomerado, confieso sentirme algo aliviada. Pues a pesar de saber que al final no nos libraremos de la mano poderosa que manipula nuestras conciencias; a pesar de intuir que la guerra del asco monetario aniquilará a los más débiles (volveremos a la ley de selección natural transpuesta a nivel de hormiguero) sé, al menos, que podré volver a leer a José Martí sin cacarear sus versos en absurdas consignas. Al menos, él murió por voluntad propia. Cuando había una verdadera guerra, si bien cargada de romanticismo, por la independencia.




[2] Véase, por ejemplo, The Microanalysis of  Political Communication: Claptrap an Ambiguity de Peter Bull  en: http://books.google.es/books?id=qyWDAgAAQBAJ&pg=PA30&lpg=PA30&dq=three+part+lists+political+speeches&source=bl&ots=8Yq1lfDRrq&sig=2cSYnCjUfZ
[4] http://youtu.be/InH-iUD_7e8, Sueño con serpientes, Silvio Rodríguez.