PALABRAS A MIS LECTORES

ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES.

EN TAL CASO, PIDO QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE A TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.




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domingo, 29 de mayo de 2016

CONFESIONES DE ALGUIEN QUE VIVIÓ EN LA TIERRA.



Por Astarté.
León, España.

Hace mucho tiempo atrás viví en un lugar donde la gente es igual en todas partes y la verdad no existe. Tendría siete años cuando descubrí que los niños no llegaban de París, ni que los traía una cigüeña. Y lo descubrí casualmente, gracias a un libro de sexología subyacente en un viejo estante, escondido en  aquel rincón de mi hogar paterno. No podía entonces imaginar que mi  curiosidad infantil, ávida de un sustrato fértil para germinar, pero en controversia con la cara pervertida del moralismo adulto, me hiciera merecedor de un par de bofetones por tal descubrimiento.  Así, por primera vez y en aquella vida que ya quedó atrás, supe que el conocimiento se conquista a golpes de injusticia y sin piedad.

No voy a relatar el sinfín de incertidumbres que trillaron mi camino. Desde aquí, donde ahora me encuentro, siento que del otro lado las cosas siguen, más o menos, como siempre. Mi memoria, sin embargo, se prolonga. Y mis sentidos se alargan como un bucle elástico para ver, por ejemplo, destellos de luz artificial e imaginar medallas (de ésas otorgadas al valor o a la inteligencia) como chispas de luz que se encienden y apagan.  Medallas, eso es. Y siento el peso de la plastilina que termina en monumentos. (Como siempre, todos siguen queriendo monumentos y medallas). Creo también oler el humo de asadores y escuchar, balando, manadas de corderos que se dispersan en varias direcciones. Veo y siento demasiado. Y confieso que,  aunque perdí desde hace tiempo la condición humana, no pretendo (pretender ya no es mi juego) regresar a la Tierra.

Ahora estoy aquí, del otro lado, a veces de pie, a veces cabeza abajo para no olvidar que allí, en aquel lugar remoto, hay armonía (aunque no se sepa). No miento. A decir verdad, ya de nada me sirve eso de mentir. Y como no miento, confieso que, de vez en cuando, juego a perseguir a muchos de aquellos que un día conocí. Pero luego me arrepiento. Mi forma de morir nada tiene que ver con mi instinto de venganza.  Y la venganza es, al fin y al cabo, un sueño sin amanecer. Uno de tantos. Y yo estoy muy cerca de dejar atrás y para siempre las claves del absurdo. Ni en el peor de los casos  pondría manchas en mi actual expediente. Porque, ante todo, no sé cuánto espacio debo andar aún, y las medallas que gané con la razón de los comunes mortales me pesan todavía. Eso sí, no las tiraré a la nada por aquello de no olvidar lo vivido. Como dije anteriormente, tenía siete años cuando descubrí que el conocimiento se conquista a golpes de injusticia y sin piedad. Pero con amor.