PALABRAS A MIS LECTORES

YO SOY ASTARTÉ. Y AUNQUE NO HE LLEGADO DE LOS ALTARES CONSTRUIDOS A SU DIOSA POR LOS FENICIOS, LO MISMO ESTOY ENTRE VOSOTROS, EN FORMA DIGITAL, ABRIÉNDOME PASO EN LAS ESQUINAS DEL CYBER-ESPACIO, CON LA FIRME CONVICCIÓN DE PODEROS OFRECER ESTA CASA LLENA DE LUZ PROPIA... PARA VOSOTROS, QUERIDAS Y QUERIDOS LECTORES.

... ES QUE ALGÚN PAJARILLO ME HA CONTADO QUE EN ESTE IR Y VENIR POR EL UNIVERSO INFINITO ENTRAMOS Y SALIMOS (SIN DARNOS CUENTA DE ELLO) POR LOS POROS DE LAS SENSACIONES. PEDIRÍA ENTONCES, SIN DUDAS, QUE LA SATISFACCIÓN DE GOZAR LO QUE SENTIMOS NO NOS ABANDONE NUNCA Y NOS LLEVE DE LA MANO POR EL TRILLO INMENSO DEL PENSAMIENTO MÁS SENSUAL, HASTA TOCAR UNA ESTRELLA: LA NUESTRA.


OS ESPERO, PUES, CON ESTA LINTERNA QUE AHORA VEIS ENTRE MIS MANOS, PARA JUNTOS ILUMINARNOS LA ENTRADA A ESTA HUMILDE MORADA TOTALMENTE HUMANA. OS OFREZCO, MIENTRAS CAMINAMOS, UNA TAZA DE CAFÉ Y UN RAMITO DE HIERBA BUENA... TODO ESTO PARA HACER EL CAMINO MÁS LIVIANO Y LA ENTRADA PLENAMENTE TRIUNFAL.

UN ABRAZO Y... ¡ÁNIMO, CAMPEONES!... QUE SE ENFRÍA EL CAFÉ...

viernes, 15 de junio de 2018

BOCA AMARGA (cuento errótico).


Nota de la autora: ¿Qué es un cuento errótico? Estamos probablemente (o con certeza) ante un neologismo; errótico: palabra compuesta por erótico y error, composición forjada por la fuerza aplastante de las emociones, que en ocasiones nos conducen hacia el sol y, en otras, hacia espacios primitivos y oscuros del alma.
Este cuento ha sido escrito bajo petición de mi querido amigo Manuel Gayol Mecías, editor de Palabra Abierta (Revista y Casa de Cultura Universal, http://palabrabierta.com/) y actualmente se encuentra en espera de publicación, entrando a formar parte de un conjunto de obras de diferentes autores.




Por Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).

León, España, marzo de 2018.


Siento aún su mano deslizarse por mi vientre. Siento aún su dedo presionando mi vulva para entrar, con violencia, en mi vagina.
Le encantaba mirarme a los ojos cuando ejecutaba ese desagradable ritual que él llamaba «juego preliminar»: «¿Te gusta?», me preguntaba... Yo le respondía que sí.
Pero se daba cuenta de que le estaba mintiendo. Y para demostrármelo, sacaba el dedo de mi interior y me sujetaba la cara por el mentón, obligándome a mirarlo fijamente:
─¡Qué te va a gustar, si eres frígida!... ¿Ves? Estás más seca que una piedra puesta a hornear ─me decía. Y me restregaba el dedo por la boca, haciendo todo lo posible por humillarme─. ¡Puta...! Ya te enseñaré lo que es bueno...
Yo sentía una ola de sangre golpear mi rostro; no podía saber si era ira o vergüenza. Lo cierto es que mi turbación lo excitaba, hasta precipitarse sobre mí como un animal salvaje:
─¡Toma, cerda! ─repetía, mientras me poseía con la fuerza de un toro.
Y así, tiraba de mi cintura una y otra vez pronunciando frases que, más que estimulantes, eran despiadadas. Luego, tras darme repetidos encontronazos contra el colchón, eyaculaba. (Al hacerlo, emitía un ronquido bestial). Y al final, lo de siempre: caía boca arriba, rendido.
Entonces llegaba el momento de levantarme de la cama. Me tiraba la bata por encima y en puntas de pie entraba al baño. Me lavaba dos o tres veces... Y aprovechando que él estaba profundamente dormido, iba al salón, me acostaba sobre el sofá, encendía el ordenador, me conectaba a Youtube... y buscaba lo mejor de esos vídeos calientes que me invitaban a acariciarme toda, desencadenando por fin mi placer contenido.
***
Por la mañana se iba a trabajar. No regresaba a casa hasta muy tarde: «No me esperes a cenar, que todavía tengo mucho que hacer en la oficina», era ése su pretexto favorito. Y sin crearse por ello cargos de conciencia, aparecía a las tantas preñado del olor de otra mujer, fragancia que yo había aprendido a distinguir muy bien... J´adore de Dior usaba la zorra... J’adore y carmín bermellón, etiqueta indeleble en el cuello de las camisas de mi marido:
─¿Puedo saber qué es esto? ─se me ocurrió preguntarle mientras ponía la ropa a lavar.
─¿Eres tan idiota que no sabes que es pintalabios? ─respondió con sobrado cinismo.
Y lloré durante el día y parte de la tarde. Era domingo y esa noche íbamos a reunirnos con su jefe y otros colegas (y con sus respectivas mujeres, por supuesto):
─Mira a ver cómo haces para quitarte la hinchazón de los ojos, que van a pensar que te he maltratado.
Y me retoqué con dos capas gruesas de base de maquillaje. Me pinté la cara como para ir a un concurso de máscaras. Me puse un vestido de noche, tacones altos...  Sabía lo que me esperaba: una conversación insulsa, una velada con sabor a plástico y un regreso a casa enfrentando algún reproche: «¿Quién coño te mandó a preguntarle al jefe por mis vacaciones? ¡Eso a ti no te importa!... Total, sean cuando sean, nos iremos de viaje igualmente».
***
Seis meses de noviazgo fueron suficientes para creer que nuestra vida conyugal iría a pedir de boca. Nos casamos por la Iglesia, como Dios manda; un mes antes lo habíamos hecho en la oficina del Registro Civil. Y allí estaban todos: parientes, amigos, vecinos allegados.
─Ese chico es buen partido.─ Mi madre aceptaba con beneplácito nuestra relación.
Pasamos en Roma nuestra luna de miel. Recuerdo que caminábamos sobre el puente que atraviesa el Tíber, robando el encanto de pintorescas callejuelas en el Trastévere, recorriendo el ghetto ebraico[1] con sus románticos mesones, merodeando bajo el Pórtico de Octavia (donde dicen que pasea el alma de la lujuriosa Berenice[2])... Noches de estrellas en las que tomados de la mano atravesábamos Piazza di Spagna y lanzábamos monedas en la Fontana de Trevi. Tardes fantásticas y atardeceres peregrinos, crepúsculos que parecían ser tan eternos como aquella ciudad: es éste el único período feliz que recuerdo. Porque a pocos días del regreso, nuestra vida de pareja comenzó a cambiar.
Él se tornaba cada vez más extraño; sobre todo por aquello de esconder pertenencias, las cuales debían quedar fuera de mi alcance en aquel cajón del secreter.
─¿Qué guardas ahí, cariño? ─por fin me aventuré a indagar, esperando una satisfacción de su parte.
Pero, para mi sorpresa, mi pregunta fue el detonante de su primer gran desplante:
─Son cosas mías que no te incumben ─respondió con enfado.
Y juro que no quería develar su misterio. Pero el diablo andaba rondando por nuestras vidas... y su descuido de aquella mañana en la que dejó abierto el misterioso cajón del secreter fue la estocada que desencadenó su infierno interior. (No tuve tiempo de cerrar de nuevo el mueble antes de que regresara a la habitación).
Entonces supe que él no podía amar a nadie (ni a mí, ni a ésa que se jactaba de ser su amante manchando sus camisas con lápiz labial), como tampoco podía regalarme rosas, ni escribirme cartas de amor, ni susurrarme al oído palabras tiernas. Supe que no podía existir amor en las tinieblas del miedo.
Aquella mañana había descubierto los fetiches de una Era terrible. A partir de entonces, todo cambió. Y ver pasar el tiempo llegó a convertirse en eficaz alternativa de supervivencia: «la vida tiene que ser de otro modo», era mi esperanza.
Pero entre nosotros el reloj marcaba horas de agonía. Su humillación quedaba atada a una oscura adolescencia, atrapada en los brazos de quien le había obligado a descubrir con crueldad su condición de hombre, congelada en escenas de felaciones y masturbaciones disfrazadas de protección materna. Y la mía, mientras tanto, sonreía temblorosa a la espera del merecido castigo, arrodillada deshaciéndose en súplicas: «¡Por favor, NOOO!... ¡Por detrás NOOO!». Y aguantando, sin piedad, el dolor y el odio.
Y ahora que él ya no está en este mundo, me pregunto si habrá alcanzado al fin la paz.
Por mi parte, no le guardo rencor, pues su cruel condena me permitió saber que en un rincón de mi alma seguía oculto el deseo de seguir viviendo. Puedo hasta perdonarle el no haber sido feliz: su tormento era el de un animal herido y sediento de venganza.
Pero haber vivido con la boca amarga, haber visto amanecer tantas veces desde el sofá, lasciva y solitaria... ¡ESO SÍ QUE NO SE LO PERDONO!
Al menos, no en mis sueños.

                                                                                  
                                                                                  



[1] ‘gueto hebreo’
[2] Referencia a Berenice de Cilicia, hija de Herodes Agripa I, Rey de los judíos (conocido como Rey Herodes en los Hechos de los Apóstoles).

martes, 27 de marzo de 2018

Anécdotas vivientes: Las Palabras.



Por: Rosa Marina González-Quevedo.
 León, España.

¿Cuánto nos pueden separar a veces las palabras? ¿Cuánto éstas nos pueden hacer sentir diferentes?

Hace algunos años conocí a un chico catalán en un vuelo Madrid-La Habana, una persona jovial y amable con quien conversé durante las diez horas que duró el viaje. Él había llegado a la capital cubana como turista independiente, con vistas a alojar durante quince días en un apartamento particular (previamente reservado a través de internet). En fin, que a pocos días de su llegada, el extranjero sufrió un percance que le obligó a abandonar su albergue de forma abrupta.  Y así, viéndose momentáneamente “en la calle”, me llamó al número de teléfono que previamente le había dado en el aeropuerto al despedirnos:
─Rosa, estoy en un aprieto y necesito ayuda ─me pidió desesperado.
Y yo, por supuesto, le brindé albergue en nuestra casa, donde vivo con mi madre y mi tía cada vez que voy a mi país de origen. Pues nada, sucedió que aquella noche, poniendo pies en polvorosa, mi nuevo amigo tomó un taxi y se presentó lo más rápido que pudo en nuestro portal. Y mi madre, al verle llegar (y no habiendo visto el taxi), le preguntó:
─ ¿Y en qué viniste?
─En coche ─respondió el chico.
Entonces mi madre, perpleja ante tal respuesta, no pudo evitar su admiración:
─ ¿En coche a estas horas? ─Valga decir que eran cerca de las dos de la madrugada─ Y si viniste en coche, ¿cómo es que no sentimos los caballos?
Por supuesto, mi madre no entendía la diferencia de significado  entre «carro» (tal y como se suele llamar en Cuba al automóvil) y «coche» (término usado en España para designar el automóvil y en Cuba para designar una carroza tirada por caballos).
Por aquel entonces yo residía en Italia, país de lengua extranjera, en el cual tuve que asumir la dificultad de comunicación que conlleva el uso de un idioma diferente.
Luego pasaron los años. Y me vine  vivir a León.
Pensaba que por hablar la misma lengua no tendría dificultades idiomáticas. Sin embargo, gran chasco fue el mío cuando me dijeron por primera vez: «Nos vemos mañana a la salida del curro». Porque hasta ese momento, el único curro del cual yo había escuchado hablar era ése del refrán popular «estar como el curro en la fiesta». Y no sabía si tenía que esperar a mi conocido a la salida de algún sitio llamado «CURRO», tal vez algún cine con ese nombre... Porque para mí era una absoluta novedad esa palabra, igual que otras del lenguaje coloquial español: «Flipar», por ejemplo... que era una palabra que sólo me conducía a la serie televisiva estadounidense “Las aventuras de Flipper”... Y entonces «flipar», tal vez, tendría que ser un término relacionado con los delfines...
Y tantas frases incomprensibles como, por ejemplo: «ser un cazurro», «eso me mola», «estar de coña», «comerse el marrón», «ser un quinqui o ser un friqui»... Palabras y frases que a diario descubro, palabras y frases que los oriundos de esta tierra usan y que en un primer momento tiendo a adivinar o, más sabiamente, a preguntar qué significan.
Sin embargo, a veces ha sucedido lo contrario. Recuerdo que, en cierta ocasión, fui a la peluquería y le pedí a la peluquera que «me pelara». Entonces, sin el menor escrúpulo, ella se mofó de «mi mal uso de la lengua» y hasta quizás me tildara de ignorante:
─Aquí pelamos a los animales. A las personas les cortamos el pelo ─me respondió la docta peluquera, sintiéndose en aquel instante segura de estar en total poseso de las palabras.
Y me pregunto ¿por qué no abrirnos al uso de la propia lengua para aprender algo más cuando las palabras nos resultan extrañas? ¿Por qué no intercambiar las palabras llevándolas a un uso común, en vez de quedarnos en un trono ocasional construido para dar lecciones de cómo hay que hablar «en casa»?  ¿Hay reglas acaso para un Español que hoy por hoy aspira a ser Panhispánico? ¿No sería mucho mejor preguntar y ampliar el léxico?
Cierto es que «al País que fueres haz lo que vieres». Pero aceptar y aprender el uso de la lengua más allá de las propias fronteras nos permite ser cada vez más libres e integrados. Pero, por supuesto, en semejante empresa, el extranjero no es el único que debería «currarse el aprendizaje» en tierra extraña; no al menos para convivir en un planeta llamado TIERRA y en una familia llamada HUMANIDAD.
                                                                                


lunes, 29 de enero de 2018

Canzonette para los sentidos: (I) Canzonetta de la ciruela.



Nota de la autora: Canzonette de los sentidos es una saga de poesías incluidas en mi segundo poemario (actualmente en proceso de escritura). Hoy dejo a los lectores de Los días de Venus en la Tierra el primer poema de esta colección, esperando que disfrutéis de su lectura.



CANZONETTE DE LOS SENTIDOS

-I-

Canzonetta de la ciruela.

Flor de ciruela
Ramo ramino
Suena que suena
Pian piano forte
Canta cantuela
Sobre el camino
Guitarra o quena
Que trine o corte
Que traiga o porte
Rompa la pena
Clavo o comino
Sal y canela
Alumbra al norte
La luna llena
Canta cantino
La castañuela.

jueves, 4 de enero de 2018

PARA INICIAR EL 2018 CON NUEVOS BRÍOS.


Queridos lectores de Los días de Venus en la Tierra, tras algunos meses de ausencia por esta página de publicaciones, su autora, Rosa Marina González-Quevedo (Astarté) os quiere dar su más caluroso mensaje de Feliz Año 2018. Y lo hago compartiendo con vosotros mi relato El perdedor, leído anoche en el Filandón poético-musical celebrado en el CCAN de León, España, esperando que disfrutéis virtualmente del mismo.

 ¡FELIZ 2018!



 
3 de Enero de 2018, CCAN, León, España.
Fotografía de Marcelo O. Barrientos Tettamanti.

El perdedor.                                               

 Por Astarté
León, España.


Recuerdo que era una mañana gris y fría cuando dejé el pueblo. No me despedí de los vecinos. Cerré la puerta y eché a andar sin mirar lo que dejaba a mis espaldas. Sabía que sentimientos breves no alcanzarían jamás mis huellas (en mi comunidad no existía ese tipo de sutileza emocional).
Me tenían por borracho y jugador.
Les hacía un gran favor con irme lejos.
Claro, lo que no sabían era que conmigo llevaba el alma de aquel sitio de Dios...
¿Mis cartas?... ¡Ah, mis cartas!... Ésas fueron siempre las peores, porque fueron siempre las de perder. Y ahora, ni siquiera como expatriado me dan paz. ¡Ni siquiera así...! Porque lo del robo de las flores es pura cizaña. Un invento de los que quieren encubrir las propias trampas en la mesa del juego.
Yo jugué. ¡Sí que lo hice! Pero limpio. Se sabía que guardaba debajo de mi manga el «As de trébol». (Me gusta por su inmensa frescura). Pero de ahí a eso de romper una cerca para robar flores...
 En fin, que no tengo culpa. Ni de que la primavera sea infértil, ni de nada.
Y ahora me salen con esta treta...
Vamos a ver: ¿a qué hora más o menos descubrieron que la verja estaba rota? A las diez ¿no?... Las diez... Hora improbable para robar en los jardines. Porque a esa hora un usurpador no podría entrar así como así, con la gente que pasa y cotillea...  
Fotografía de Marcelo O. Barrientos Tettamanti.
En todo caso, os deberían preocupar más los mirones, que son los que entran y salen de todas partes sin pedir permiso. Por lo general, para husmear ilusiones ajenas. Pero un viejo perdedor como yo... ¡Vamos!... Un perdedor como yo solamente quería flores para su memoria.
Pues morí a las nueve y robé el corazón de la ciudad a las diez.
Sí, señores.
Sólo flores para su memoria...


jueves, 12 de octubre de 2017

La fábula del disfraz (Mañana de carnaval).




Nota de la autora:

Dejo a los lectores de Los días de Venus en la Tierra este relato (algo raro) escrito hace algunos años y rescatado de los brazos de la indiferencia. Porque en el baile de la vida, cualquier mañana de carnaval salimos a la calle disfrazados para la ocasión Y creemos esconder el rostro bajo una máscara sin saber, a ciencia cierta, cuál es el accesorio: ¿la máscara o la piel?

Rosa Marina G-Q. (Astarté).




La fábula del disfraz (Mañana de Carnaval).

Por Astarté.
León, España.


Un rayo de luz penetra a través del cristal empañado por la niebla. La mañana es fría. Muy bien seguiría acurrucada entre las mantas. Pero haciendo un esfuerzo para dominar el letargo, de un salto se pone de pie. Se tira la bata de lana sobre los hombros. Da algunos pasos a tientas. Enciende la radio. Están transmitiendo la vieja canción que en su tiempo encendiera tantos corazones:

Azul la mañana es azul


El sol si le llamo vendrá...

Nada ha cambiado. A su rostro llega puntal la bofetada de la desolación, fiel saludo matutino.

Ha trabajado duro toda la noche. Pero lo peor no es trasnochar, sino tener que resistir el golpe de la mediocridad cotidiana resumida en veinticuatro, cuarenta y ocho, innumerables horas flotando en la oscura marea de una vida insulsa: la suya.  Y así, saborear sin pretextos el asco de su vida, narrado en la miserable historia de una mujer que se siente seca, vieja... Costurera cansada de tomar la aguja en sus dedos para hacer remiendos y pegar botones y plegar dobladillos a las comadres del barrio, rancias clientas que cuchichean por las cuatro esquinas.

Sin embargo, las cosas pueden cambiar. Por ejemplo, hoy es mañana de carnaval, día esperado para transformar cualquier rutinaria historia en best seller y comenzar a usar la mayúscula y el punto y aparte... Buen momento para quitarse las comas y los paréntesis del semblante. Y sentirse como un texto abierto de par en par.

La confección del disfraz le llevó varias semanas de duro sacrifico. Un vestido de pana color rosa, con capa de terciopelo azul y cuello de plumaje verde. Típico traje de cortesana. Luego, lo principal: la máscara, una careta de cartón con semblante de doncella de pálida tez  y cachetes rojos. ¿Por qué no usarla?... En carnaval todo cambia. También la calle y el barrio y la vida se convierten en un teatro a cielo abierto.

Camina los primeros metros, los más difíciles, los del barrio. En su balcón, la señora Estela y su hermano solterón  juegan a descubrir quiénes pueden ser los conocidos que se esconden bajo el disfraz:

─Buenos días... ¡Pero mírenla, caramba, qué elegante! ¡Vestida de Blanca Nieves!...  ¿No?

No responde ante la provocación. Una pandilla de chiquillos ha llegado a su encuentro.  Alguno de ellos trata de levantar su falda sin llegar a lograrlo. A fuerza de codazos, en un dos por tres se deshace del enjambre de renacuajos histéricos.

Camina pocos metros más y llega a la Plaza Mayor. Allí están reunidos residentes y curiosos transeúntes que han llegado temprano a la feria medieval. A las once comenzará la función de saltimbanquis y después el resto... Esa es la tradición.

No se detiene. Atraviesa la plaza y camina hasta llegar a un callejón estrecho y vacío. Antiquísimos palacios enmohecidos por  los efectos del clima le recuerdan Venecia. Entra a uno de ellos. Sube por una escalera hasta el último piso. Penetra la humedad de una habitación cerrada e invadida por plagas de pequeños insectos; una estancia en la que las paredes expelen un hedor acre insoportable. Abre la cortina cargada de polvo. El escuálido rayo de luz aclara el ambiente. Y allí, sentado en un desvencijado sofá, le espera su amor.

Se desnuda con la solemnidad de una princesa, doblando pieza por pieza sus atuendos y acomodándolos, gentilmente, sobre el mísero diván. Lisa y brillante como la plata se sienta en las piernas de su caballero y lo besa apasionadamente.

Pero él la observa desde otro mundo...

─ ¿Por qué no me miras...? ─pregunta al héroe de rostro inanimado─. ¿Acaso no te gusto...?

Bien sabe que sí. Lo conoce. Él la desea. Y sabe también cuál es la respuesta:

─Aún estás vestida...Te has dejado la máscara... ¡Quítatela!

Y obedece. Deja al descubierto un rostro rematado por las Parcas en la rueca del tiempo. Y como cada mañana de carnaval, oculta de la muchedumbre, revive lo mejor de su obra.

El muñeco de trapo copula, una vez más, con su identidad perdida.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

HOMENAJE A DORIBAL ENRÍQUEZ, POETA CUBANO Y AMIGO.


Nota de la autora:

El pasado 26 de junio falleció en La Habana, Cuba, el poeta y amigo de viejas batallas, Doribal Enríquez.

Su pérdida sorprendió a todos los que le conocíamos; sobre todo, por aquello de no saber resignarnos a perder lo querido. Es así. Hay cosas que nunca aprendemos en la vida...

Personalmente, tuve la oportunidad de volver a verle después de algún tiempo. Eso fue en marzo de 2015, en La Habana. Y me resultó grato poder compartir de nuevo con él (y otros viejos colegas y conocidos) mesa y tertulia literaria. ¡Parecía que el tiempo no había pasado!...

Dejo a mis lectores lo que a Doribal dediqué en el último número de Palabra Abierta, en el cual amigos y reconocedores de su obra poética y de su humanidad le rendimos homenaje.
Para leer y apreciar todo el artículo (en el que participamos varios autores), pongo a disposición el mismo en: http://palabrabierta.com/homenaje-in-memoriam-al-poeta-doribal-enriquez/

Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).




Carta de salutación a Doribal Enríquez.

Por Rosa Marina González-Quevedo.
(León, España.)

«...el tiempo no es el mismo para todos
y envejecemos pensando que los demás son
eternos, en esa isla-gaveta del nunca jamás
donde nadie está muerto,
y esperan por nosotros».
Doribal Enríquez, Señor cartero.
(tomado de La vida por delante).




Querido amigo:

¿Cómo estás? Sé que bien, aunque de vez en cuando se me olvide. A veces sucede que la nostalgia es demasiado fuerte. A veces, suponemos que aquellos que habitáis en el espacio infinito habéis perdido el camino de regreso a casa. Craso error. No es bueno pretender percibir con los ojos y las manos y los oídos las señales que sólo podemos ver con el alma. La nostalgia, en tal caso, termina por apartarnos de la verdad y nos impide ser libres. Por eso, como premisa, ¡nada de nostalgia para recordarte! El recuerdo tiene que estar limpio. Y ser un prado verde y lleno de sol, locus amoenus donde poder encontrarnos cada vez que así lo deseemos.

Hoy te hablaré de mis recuerdos. De los días y las tardes que pasamos juntos entre aquellos muros pintados de agonías cotidianas y de incertidumbre intelectual. ¿Llegaríamos a volar algún día?... ¡Bah! ¡Tonterías de la imaginación! Porque estábamos volando y no lo sabíamos. Y el cielo que tuvimos era el sendero lleno de retos, el mismo que recorríamos cuando atravesábamos calles empedradas.

¿Recuerdas las manchas de tinta en los dedos y los buches de café a media tarde en la oficina de la revista Vivarium?... ¿Recuerdas las tertulias de fines de semana?... ¿Recuerdas las mañanas de domingo, recitando versos, en recintos sofocados por la asfixia de lo impersonal?... Luego, lo de escribir tanta poesía... Eso nadie mejor que tú lo entiendes. Sabías (y sabes aún) que la poesía era nuestro mejor remanso de paz y esperanza. Porque entre metáforas danzantes y rimas de emoción se escondían las claves de nuestro eterno vuelo.

Por otra parte (y como dato más reciente), quiero que sepas que me alegro de haber podido compartir contigo en mi última visita a La Habana. Fue en marzo de 2015. Estábamos allí, reunidos, sentados a la mesa, comiendo y charlando de cuanta cosa parecida a la realidad nos tocara la mente. Tú, con tu inseparable sentido de la ironía (que tantas veces confundías con la guasa). Sí. Porque eras un artista en eso de sobrellevar situaciones dramáticas. No sé cómo, pero tenías la virtud de reír a la desaventura y a los momentos retorcidos de la vida (que no fueron pocos para ti). Y fue en este último encuentro habanero cuando me regalaste tus libros de poemas. No imaginabas que, al hacerlo, confirmabas que siempre se puede más. Pues, tarde o temprano, el espíritu escapa de la cárcel de la pobreza material. Sí. Recuerdo tu voluntad de acero... Y ahora, que lo único que puedo hacer es escribirte estas líneas, me doy cuenta de que no te di las gracias por todo lo que me enseñaste. Entonces... ¡gracias, querido amigo! No tendré palabras suficientes para expresar lo que me faltó decirte. No podré recuperar los momentos que dejé escapar para darte la mano, aunque fuera desde lejos.

Por último, reitero algo que ya sabes: aquí, en la Tierra, las almas libres son siempre bienvenidas. Así que, cuando te des un saltito por estas latitudes, no te olvides de traer contigo un poco de luz. Nos hace falta.

Bueno, no prolongo más mi saludo. Con estas líneas, me despido. Por supuesto, no tienes que responderme de prisa. Tómate tu tiempo. Al final, el tiempo infinito es la mejor coordenada para encontrarnos desde la distancia.

Un abrazo fuerte. No te olvido.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Poesía y reflexión: "Lugares comunes", de Marcelo O. Barrientos Tettamanti.

Un comentario de Rosa Marina González-Quevedo (Astarté).
Desde León, España.


A pocos días de haber visto la luz (el 20 de mayo de 2017, en la pasada Feria del Libro de León), Lugares Comunes, de Marcelo Oscar Barrientos Tettamanti, ha volado hacia las estrellas, transmitiendo al universo un mensaje de profunda sensibilidad humana.

Hablar de Marcelo no es sólo decir que es gran poeta y excelente fotógrafo. Esas son dotes que, por supuesto, le acompañan. Pero no bastan. Pues Marcelo es, ante todo, un querido amigo. Y como amigo, lo reconocemos en la sencillez de su vida personal y en sus palabras precisas y espontáneas (como son las palabras que nacen de los sentimientos más profundos).  


Marcelo O. Barrientos Tettamanti, autor del libro.
(Fotografía de Alejandro Nemonio Aller).
Lugares comunes es una compilación de metáforas diluidas en versos, en prosa narrativa e imágenes fotográficas (estas últimas, captadas por la lente del propio autor del texto). Al visitar esta obra, nos adentramos en recovecos del espíritu, esos que representan los caminos de una vida vivida entre ansiedad y mar sereno: el amor y el desamor, el extrañamiento escondido en la memoria del emigrante, el sentido de las cosas cotidianas, la amistad, el sabor de la sensualidad, la frustración que da el miedo a la soledad, los sonidos del mar y la tierra, las obsesiones que a veces nos dominan, los ideales que nos impulsan a continuar hacia adelante... En fin, Lugares comunes es una oda al alma del universo que somos: el universo personal. Y es una fuente de vivencias que nos permite reflexionar y aprender a ser mejores.

Cito las palabras de  Noemí Montañés Fernández (muy querida amiga), escritora del Prólogo de esta obra: 

Marcelo escribe como es, sencillo, generoso y emotivo, regalándonos así una lectura de las que llegan al alma, acompasada por su visión poética, aunque sea en ocasiones dramática del mundo, de sí mismo y sus circunstancias. 

Y con ellas, me uno al sentimiento de cariño y agradecimiento de quienes le conocemos.

¡Muchas gracias, querido Marcelo! 

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Dejo a los lectores de Los días de Venus en la Tierra este precioso poema, extraído de Lugares comunes:



Busco un lugar

Busco un lugar que sea mío, un espacio donde poder ser yo, dejar todas las poses que aprendí para pasar sin ser visto ni oído (aún me importan los juicios ajenos; a fin de cuentas, son el espejo en el que nos miramos los débiles). Busco un espacio donde soltar esta lágrima que ahoga mi voz, puesta como una piedra en mi garganta; allí me diré una vez más que he de cambiar, me mentiré otra vez y flotaré de nuevo en las aguas de un desahogo solitario.

Mañana saldré de mi escondrijo, que no es más que mi almohada y mi posición fetal; volveré a las máscaras que manejo desde hace tanto y caminaré en círculo pata volver a llorar, siempre de noche, en mi lugar.